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La tragedia Tartara
En “El reino olvidado”, quinta entrega de la lujosa y muy documentada serie de libro-discos de Alia Vox, Jordi Savall y Hespèrion XXI recrean con su privilegiado toque musical el cruento episodio de la cruzada contra los albigenses, que supuso el fin de Occitania -un universo refi...
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Libro recomendado del mes


La tragedia Tartara

En “El reino olvidado”, quinta entrega de la lujosa y muy documentada serie de libro-discos de Alia Vox, Jordi Savall y Hespèrion XXI recrean con su privilegiado toque musical el cruento episodio de la cruzada contra los albigenses, que supuso el fin de Occitania -un universo refinado y plural en el que cohabitaron culturas como la de Al Andalus o Bizancio- prestigiando el repertorio trovadoresco del siglo XIII. A través de los textos y músicas de este fascinante documento Savall nos abre las puertas de uno de los momentos históricos y musicales más notables del mundo occidental.

 

Jordi Savall vuelve a desandar la Historia para componer otra de sus impagables crónicas musicales, que en esta ocasión enladrilla la memoria histórica con un episodio ensombrecido por su propia iniquidad: la delación, persecución y erradicación del catarismo por la Iglesia católica en el siglo XIII. Los cátaros o albigenses occitanos hubieron de pagar su herejía (la creencia maniqueísta en los principios coeternos del Bien y del Mal como hontanar de las acciones y pensamientos humanos) con una escalada de violencia e ignominia que se cobró cinco siglos de historia (desde la bula papal de Inocencio III en 1208 a la toma de Constantinopla y Bosnia por la soldadesca otomana en el siglo XVIII). En contra de lo que antes se pensaba, el catarismo no brotó de los rincones orientales del Imperio, sino que, como tantas otras corrientes heréticas, se fue anudando en el propio seno de la cristiandad. Al igual que Jerusalén o Estambul, el Reino de Occitania fue en época romana un vórtice de civilizaciones que concitaría una ubérrima panoplia de tradiciones y folclores. De ahí que los saberes y las artes de Al-Andalus, de la vecina Francia, de Italia, los Balcanes y la gran Bizancio bregaron en ella convirtiendo este “pays d’Oc” (o “el país donde se habla la lengua de Oc”, Dante dixit) en uno de los puntos “calientes” de la cultura románica y en un anacrónico modelo de tolerancia e internacionalismo. En lo musical, Occitania sería también uno de los núcleos fundamental de la cultura trovadoresca (siglos XII y XIII), un acervo de primer orden del cual hoy se preservan unas 1.500 composiciones (autentificadas) de trovadores y trobairitz (mujeres trovadoras), en forma de sirventés (serventesios), canciones y planctus (plantos).

 

Al no ser ésta la semblanza de un héroe real o literario (Don Quijote, Colón, Francisco Javier) o la de un acervo macerado entre los muros de una ciudad (Jerusalén) sino la de una civilización entera –aquéllas, en cierto modo, llevan cosido el programa-, la puesta en música de la crónica cátara debía responder, principalmente, a las astucias del ingenio (musicológico, historiográfico). Pero no de ese ingenio veleidoso que abre puertas a todos los caminos, sino al del erudito que propone otra mirada (acaso la opuesta), sin desdecir o violentar las fuentes aherrojadas. En este sentido, Savall ha tomado como guión o línea maestra la paradigmática Canción de la cruzada albigense, un vasto poema en forma de gesta cuyo único manuscrito, debido a uno de los primeros medievalistas, La Curne de Sainte-Palaye, se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia y que procura a Savall el necesario trenzado poético-musical de los hitos del periplo cátaro (siete capítulos confeccionados sobre tres grandes momentums: orígenes del catarismo y auge de Occitania; expansión y cruzada; diáspora y exterminio). Con la Canción de la cruzada albigense como horma y referencia, Savall exhuma un erario medieval de primer orden en el que las baladas y los toques medievales de los “padres trovadores”, Guilhem de Petitieu y la Condesa de Día (a quien se atribuye la crepuscular A chantar m’er de so q’ieu no voldria) nos abren las puertas de un repertorio (Pèire Vidal, Raimon de Miraval, Guilhem Augier Novella, Pèire Cardenal, Guilhem Montanhagol y Guilhem Figueira) que en el canto ucrónico y celeste de Montserrat Figueras y en los prodigiosos instrumentos de Pascal Bertin, Marc Mauillon, Lluís Vilamajó, Furio Zanasi y Daniele Carnovich (sin olvidar a los rapsodas Gérard Gouiran y René Zosso ni a las huestes líricas de la Capella Reial de Catalunya) adquiere una resonancia contemporánea (política, simbólica, agapeísta) que nos deja un sonoro eco en el alma. Para la dramatización musical de los momentos históricos más significativos de la historia albigense, Savall se vale de un manierismo cinematográfico que aquí sirve maravillosamente a las intenciones del cuadro: mientras que la ilustración musical de la Cruzada y de los hechos inquisitoriales (Primeras hogueras de herejes; Victoria de los güelfos sobre los gibelinos...) se confían a los tientos, a las marchas, a la trompetería de las fanfarrias, a las campanas o a las chirimías (cuya asociación psicológica con el belicismo medieval está ampliamente arraigada en el imaginario popular), la música “incidental” o “programática” de los cátaros (Los bogomilos; Revuelta, rendición y hoguera;...) se ilustra con unas conmovedoras improvisaciones en el duduk (Häig Sarikouyomdjian) o en el kaval (Nedyalko Nedyalkov) y en las industrias del instrumental occidental y no occidental (tradiciones armenias, turcas, búlgaras y marroquíes se funden en Oc) que los maestros de Hespèrion XXI y los artistas invitados desgranan con un arte que trasciende la práctica musical. Pero como la historia de los cátaros, que es una historia de cinco siglos, fuerza los saltos geográficos y troca de continuo el escenario (de las capitales cristianas al desierto, del tiento de una batalla a la celda de un reo, del sitio de una ciudadela a las hogueras de la Inquisición), el discurso ha de formularse como algo necesariamente digresivo y múltiple. De ahí que al planto de un trovador le siga una llamada a las armas y que de un tropo de von Bingen saltemos a un taksim a las campanas de Roma.

 

Al igual que las historias savallianas que la han precedido, esta crónica cátara se antoja mucho más que un disco, o que un libro: es, en otras palabras, una enseñanza ética sobre la tolerancia y el sentimiento nacional (en ocasiones tan pernicioso para el espíritu humano) jalada con neumas, versos y compases que se instala en el lugar donde el concepto de nación queda desmantelado. Porque el hecho musical –nos dice Savall entre líneas- es una materia que se fragua en el mercadeo de las civilizaciones, en la transfusión lingüística, en el viaje de una moneda por los bolsillos del mundo.

 

De algo habrá servido la tragedia cátara y todas las que la han sucedido (Savall cita en el libro un puñado de “Ocs” contemporáneos) si al final nos acabamos pareciendo siquiera un poco a esos “hombres buenos” del reino olvidado de Oc, quienes ambicionaban el bien y la virtud sobre todas las cosas del mundo. Citando a François Cheng, “tenemos como tarea urgente y permanente desentrañar esos dos misterios que constituyen los extremos del universo viviente: por un lado, el mal y, por otro, la belleza. Está en juego nada más y nada menos que la verdad del destino humano, un destino que implica elementos fundamentales de nuestra libertad.”

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