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En mi cajón

LA MIRADA PERDIDA

28/02/2009

La fotografía que se dibujaba en el horizonte dejaba ver una multitud, que a medida que se aproximó me sorprendía por los peregrinos de todas las edades, caballistas pertrechados, animales de tiro, carretas, charrés, jardineras,… y un hermoso simpecado que todos pretendían tocar.  En ese momento no era consciente de lo que mis sentidos me transmitían. Me llamaron la atención los ojos de una anciana que dejaba perder su mirada en aquella representación de la Virgen sobre terciopelo verde e hilo de oro. Su silencio traspasaba el ruido envolvente, y se ponía en contacto con aquello que nadie podía entender, salvo ella.

 

Hoy, años después, y en los que he vivido momentos inolvidables con diferentes hermandades, reconozco que cada mes de mayo se me enriquece la nómina de “momentos vividos”,

 

Fue en Camas, La Pañoleta, cuando pasaba Triana. Esta abuela besó a su nieto que por primera vez hacía el camino con sólo siete años. Le pasó la medalla a lo largo del cuello y le susurró al oído unos minutos, quizás dándole un recado para alguien, una vez que llegara a la aldea. El joven mensajero debía, pensé, decirle a la Virgen del Rocío que era el momento del relevo generacional. El niño se despidió asintiendo con la cabeza, y cruzando una mirada interminable de complicidad con su abuela, se fue alejando montado en una carriola. La mirada perdida de ella, de nuevo, no dejaba lugar a dudas. Volvía a hablar en el código del silencio. El que no necesita de sonidos para ser entendido. Entender el Rocío en toda su dimensión es algo imposible. Hay multitud de formas de vivirlo, pero con el denominador común de una fe y unas vivencias que sólo son explicables en nuestras latitudes. Y todo ello en un entorno único, Doñana. 

 

Han pasado los años y el azar o el destino me han dado la oportunidad de conocer la otra cara de El Rocío, menos poética y mágica pero de una importancia trascendental: la labor silenciosa de centenares de hombres y mujeres que trabajan de forma ininterrumpida para garantizar la seguridad de los romeros que caminan hacia Ella.

           

Sin embargo, cuando los previos de mayo inundan nuestra geografía de cultos a la Virgen del Rocío, y las numerosas hermandades de Sevilla se organizan para realizar su peregrinar, todavía me permito hacer un alto en toda esta vorágine de coordinación, idas y venidas y constantes llamadas al puesto de mando avanzado de Villamanrique e imagino una hermosa procesión de gentes por la llanura, con una Virgen de rostro sereno sobre la ingente masa de devotos que procuran llevarla. Entre ellos, es seguro que podría encontrar a ese niño, hoy veinte años más tarde, que un día cogió el testigo de la tradición familiar que le legó su anciana abuela. Me gustaría decirle que ese momento fue el de mi primera experiencia rociera. No tardaría en encontrarlo. Para ello debería otear entre la multitud y buscar una mirada perdida que podría reconocer entre todas.

 



1 Comentarios

María

11/03/2009 15:38:52

Quizás yo no entiendo el Rocío como lo expresas en las líneas que has escrito, pero lo comparo con el sentimiento que tengo hacia una Virgen que admiro hace ya años: La Trinidad. Es impresionante e inolvidable verla caminar por las calles del corazón de Sevilla, mi ciudad. Como bien dices, se te queda la mirada perdida. Todos los sentidos están pendientes de ese momento en el que pasa por delante de mis ojos, es como si nada o nadie te rodease. Es una sensación única.

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